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Recientemente conversaba con uno de mis clientes sobre varios temas. Entre ellos, mencionó que estaba considerando invertir en un ERP para ordenar su negocio y un CRM para gestionar su proceso comercial. Esta situación es muy común en empresas en expansión, que asumen que la tecnología solucionará sus problemas del día a día, lo cual suele ser el principal argumento de muchos proveedores de estas herramientas. Sin embargo, es un hecho que muchas implementaciones de tecnología fracasan o no logran los resultados que prometían.
En Capitel Consulting sostenemos la tesis de que invertir en tecnología, sin haber considerado previamente si la misma responde a las necesidades de la estrategia, los procesos y sobre todo la cultura de la organización, puede generar más complicaciones que beneficios. En otras palabras, tener claridad en la estrategia, procesos definidos y una cultura permeable al cambio (que lo acepta y lo incorpora) son prerrequisitos para incorporar tecnologías que realmente puedan transformar las organizaciones.
Las empresas hacen estrategia porque quieren “ganar” en el mercado: Quieren ser más competitivos, crear una diferencia que sus clientes valoren y con ello generar rendimientos superiores. Hacer estrategia implica que la empresa ha decidido cuáles cosas necesita lograr, con la debida consideración de sus capacidades internas y de sus sistemas de gestión, y apunta “todos los cañones” hacia el logro de estos objetivos. Implica también que ha decidido qué cosas no va a perseguir o dejará de hacer para conseguir estos resultados. Entre todas estas consideraciones, seguramente la discusión sobre la tecnología y su rol dentro de esta estrategia se hace presente. Es necesario considerar no sólo qué tecnologías, sino por qué adoptarlas: debemos evaluarlas en función de su potencial para mejorar la rentabilidad, la eficiencia y el servicio y la experiencia del cliente. Un aspecto que muchas veces se pasa por alto, pero que es sumamente relevante es la forma en que estas tecnologías se integrarán al negocio o si el negocio tendrá que cambiar para poder adoptarlas. Es importante definir la forma en que la adopción de estas tecnologías impactará las otras tecnologías que ya están en uso. Muchas veces los costos de implementación son muy superiores al precio cotizado por el proveedor de la tecnología al requerir adaptaciones en otros procesos del negocio. En otras palabras, es importante alinear la decisión de adoptar nuevas tecnologías a la estrategia y al estado actual del negocio.
La promesa de que cierta tecnología nos ayudará a ordenar o simplificar la forma en que hacemos las cosas suele ser un potente argumento a favor para considerar adoptarlas. El atractivo de tener un negocio que funciona “como reloj suizo”, donde todo está adecuadamente medido y controlado, es innegable. Todos aspiramos a tener negocios que funcionen así. La realidad es que muchas veces las empresas se apresuran a incorporar tecnologías sin la debida consideración de los procesos que la empresa ejecuta, ni los casos de uso que la tecnología debería potenciar u ordenar. Esto se traduce en muchas implementaciones fallidas, frustración a todo nivel y, paradójicamente, empresas más desorganizadas que como empezaron. Es una buena práctica antes de incorporar nuevas tecnologías, el revisar cuáles son los procesos que serán afectados y cómo se integrarán con otras áreas que dependan de ellos.
Finalmente, la otra consideración que es necesario hacer al momento de incorporar nuevas tecnologías al negocio, es cómo impactará la cultura prevalente. Cada cambio en las empresas es afectado favorable o desfavorablemente por las personas que son impactadas por él. La cultura de la organización debe estar lista para aceptar y adoptar el cambio, y es una tarea -en mi opinión- que muchas veces el liderazgo de las empresas pasa por alto.
Necesitamos que las personas no sólo acepten que es necesario cambiar, sino que debemos ayudarlas a adoptar e incorporar estos cambios. De los tres prerrequisitos que hemos discutido hasta el momento, este es quizá el más determinante para el éxito que pueda tener una empresa al momento de adoptar nuevas tecnologías en aras de su transformación digital.
Gestionar el cambio implica fomentar una cultura que abrace la innovación y la experimentación, en un entorno seguro donde se puedan expresar inquietudes y desafíos que encuentren abiertamente. Esto requiere líderes comprometidos y equipos dispuestos a impulsar los esfuerzos de transformación digital.
En resumen, incorporar tecnología al negocio es una decisión que requiere, antes que nada, claridad en cómo ayuda a la estrategia empresarial. Es necesario identificar necesidades específicas de optimización y mejora de procesos internos, y contar con el respaldo de las personas que se verán afectados por el cambio. Sólo así se garantiza que la inversión tecnológica impulse la transformación, el ordenamiento y el crecimiento de la empresa.
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